Existe una realidad palpable bajo el velo de nuestra cotidianeidad. Esto no es ninguna novedad. Nuestro entorno está repleto de elementos de orden natural contenedores de vida, y como todo contenedor de vida tienen sus esencias en el mundo espiritual, y este hecho resulta ser la raíz de sus existencias. Al menos para los que abordamos este tema desde una perspectiva animista, el reconocimiento de éstas resulta fundamental a la hora de desarrollar nuestras prácticas mágicas. La interacción con los espíritus de nuestro entorno está prácticamente determinada por la conciencia que tenemos de sus presencias. Es decir, si ni siquiera consideramos la posibilidad de que están ahí, interactuando con nosotros, no podremos presentirlos nunca, ya que en el acto de rechazo que generamos, estamos cerrando nuestra mente a reconocer tal hecho. Y esto es sabido desde antiguo, y hoy en día todos estamos familiarizados con la expresión "no hay más ciego que el que no quiere ver". Sin embargo esa capacidad de ceguera de la que somos recipientes los seres humanos, tiene también su importancia como defensa o aislamiento en momentos en que necesitamos de un poco más de soledad o de espacio, mentalmente hablando.
Las prácticas de meditación nos ayudan a conseguir el aislamiento, la introspección, la escucha interna, la curación mental, la focalización y la calma interior suficientes para conseguir, mediante todo tipo de prácticas meditativas, la purificación del ser. Mediante este mecanismo pueden desarrollarse toda clase de ejercicios para centrar nuestras mentes tan agitadas diariamente por el paso de la vida misma y del tiempo sobre nosotros. Es decir, aprender a ordenar nuestros pensamientos y a liberar la mente en diversos niveles de posibles cargas que pueden pasarnos factura diariamente y ser fuente de estrés y de malestar físico.
Pero en el lado opuesto de la meditación se encuentra el trance. Esta es una disciplina de tipo extático que busca precisamente una fusión con el entorno, de modo que el ser se convierte en uno con el mundo que le rodea. Aunque el trance es una disciplina mucho más difícil de desarrollar que la meditación, y una práctica al fin y al cabo, mucho más drástica a nivel espiritual, la dificultad en su desarrollo es algo que se puede paliar con un entrenamiento adecuado, aunque las precauciones en este caso se acentúan enormemente en estados avanzados de entrenamiento.
En la brujería tradicional se emplean desencadenantes de muy diversa índole para liberar el estado de trance. Los más básicos son algunos ejercicios de tipo sonoro, o que conlleven la repetición reiterada de un trazado mental, musical o material; otros métodos que pueden acompañar a este son el uso de de inciensos o tés que ayudan a inducir el estado de otredad requerido para desencadenar el trance, que en gran medida viene dado mediante el dominio del estado de hipnagogia inducido; pero sin duda, el más potente y drástico de todos, es el empleo del tradicional unguentum sabbati, un preparado herbal compuesto de plantas de difícil manipulación, ya que tienen un alto contenido en toxinas de efectos alucinógenos, que en dosis equivocadas pueden producir cuanto menos las consecuencias de una intoxicación grave, cuanto más, la muerte.
En todo tipo de trabajo de interacción con el otro mundo, conviene tener por seguridad, el respaldo de algún espíritu familiar. El concepto de ‘familiar’ viene a incluir todo tipo de ayuda prestada por parte de espíritus, para nuestro trabajo en el otro mundo. Esa ayuda se puede manifestar de diversas formas: como conocimiento adquirido, como protección, como guía e incluso, yendo más allá, como vehículo o mensajero. Sin embargo, aunque hay muchos tipos de familiares, aquí voy a centrarme en aquellos que nos vienen dados del propio uso de elementos naturales que se emplean en las operaciones mágicas de las que hablaba anteriormente en esta entrada. Tal vez porque son estos los que pasan más desapercibidos y a los que menos respeto y dedicación se les muestra.
Cada trozo de madera que tomamos de un árbol, cada piedra que recogemos de los caminos, de los ríos, en cada flor o planta que cosechamos, existe bajo la influencia de un espíritu que se esconde detrás de lo que somos capaces de ver o percibir. Partiendo de esta premisa, a la hora de cosechar elementos para su uso en nuestras prácticas, es muy importante presentar los respetos adecuados a estas entidades, se nos manifiesten o no. Porque lo más probable es que no lo hagan, y tal vez cometamos el error de pensar que como no “sentimos” su presencia no hace falta ser más elaborados a la hora de la cosecha. Siempre hay que presentar nuestros respetos mediante nuestros ritos. Tradicionalmente se realizan ofrendas, acompañadas de cantos o pequeñas invocaciones, tal vez incluso de un poco de quietud, para ver si recibimos algún tipo de respuesta por parte de la entidad guardiana del lugar; a veces se suceden toda una serie de señales que nos indican no continuar con lo que íbamos a hacer, y hay que tener esto en cuenta bajo la falta que supone violar las indicaciones dadas por los guardianes de un terreno.
Una vez tenemos nuestra cosecha, no debemos olvidar que en toda operación que realicemos con tales elementos, los espíritus pertinentes de los elementos cosechados estarán aún de alguna u otra forma presentes. Así por ejemplo, cuando preparamos un té con propósitos adivinatorios, debemos tener en cuenta que cada uno de los ingredientes herbales que hemos usado contiene parte del espíritu de esas plantas y que nuestro espíritu está integrando esos espíritus en su propia esencia a través del cuerpo. En estado de trance estas presencias se hacen evidentes a nuestro alrededor, en forma de espíritus familiares. Son fácilmente perceptibles cuando se activa la segunda visión o la visión del otro mundo. La cuestión es que debemos ser conscientes de esa realidad, y de que esos espíritus nos han prestado su favor para nuestro bien, nos han ofrecido su ayuda y hemos obtenido buenos resultados en nuestro trabajo mágico. Por ello hemos de honrarlos y respetarlos.
La importancia del trance radica pues en que es una apertura directa a la interacción con el otro mundo que nos permite participar de forma más activa de la relación con sus habitantes ocultos. En el estado de trance, nos convertimos en uno con nuestro entorno, nos fundimos con todo lo que nos rodea y nos volvemos sensibles a la sutil liminalidad existente entre este mundo y el otro. Seamos o no capaces de alcanzar tal estado de unión, lo importante es mostrar una actitud y una predisposición al contacto, que es el primer paso del ejercicio de la invocación. Tal vez, con un poco de suerte, serán los mismos espíritus los que se rebelarán un tanto más a nosotros, y así, con el tiempo y el entrenamiento adecuado, nos será más fácil ser conscientes de la realidad del otro mundo en nuestras vidas.




2 comentarios:
Otra vez, gracias Fran por escribir estas notas tan necesarias.
Un abrazo,
Vae.
Como siempre, gracias por estar, Vae. Valoro mucho tus palabras ^^
¡Un abrazote!
Publicar un comentario en la entrada